La nueva lucha de clases. Los refugiados y el terror

Resumen del libro “La nueva lucha de clases. Los refugiados y el terror”, de Slavoj Žižek, Anagrama, Barcelona, 2016.

 

 

1 – EL DOBLE CHANTAJE

Ante el tema de los refugiados, las autoridades y la opinión pública de Europa Occidental van pasando por las fases que E. Kübler-Ross describió sobre las situaciones catastróficas, como el diagnóstico de una enfermedad terminal: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Sólo que jamás llegan a esta última fase.

Además, han sucedido los ataques terroristas del 13-XI-2015 en París para complicar más las cosas. Esto requiere una condena radical, sin peros: hay que destruir al Estado Islámico (EI). Pero, ¿por qué existe éste? En cada uno de los dos grandes bandos (el occidente cristinao y el espacio islámico) hay actores que usan al EI para combatir en realidad dentro de su campo (sunitas contra chiítas, EUNA y UE contra Rusia).

En Occidente, vivimos bajo una cúpula de protección. La globalización no consiste en un mercado abierto, una plaza pública. En realidad, consiste en que hemos traído todo lo que nos interesa del exterior al interior de nuestro invernadero. Dentro de nuestra cúpula, el ataque terrorista no es un acontecimiento histórico, sino un accidente doméstico, una perturbación momentánea y brutal. Pero fuera de la cúpula, esa violencia brutal, ese terror, es continuo, cotidiano, no excepcional. Hemos de ser conscientes de la violencia que queda fuera de nuestro invernadero: religiosa, étnica, política y sexual (feminicidio en serie –como en la República Sudafricana- que es una crítica externa a la ‘confusión sexual’ occidental y una exigencia de vuelta a la jerarquía sexual tradicional).

Igual que hemos de ser conscientes de que se usa el feminismo o los derechos humanos para servir al neocolonialismo (como esas argumentaciones sobre la invasión de Irak, que supuestamente iba a liberar a las mujeres iraquíes), tampoco hemos de caer en la decisión estratégica de renunciar a los derechos de la mujer o los de la diversidad sexual en nombre de un antiimperialismo superior.

¿Qué hacer entonces ante tanta gente desesperada que busca encontrar refugio en Europa? Hay dos actitudes, que representan las dos versiones del chantaje cuyo objetivo es que nos sintamos culpables: los populistas antiinmigración que quieren proteger nuestro modo de vida manteniéndoles fuera y los liberales de izquierda que demandan que mostremos nuestra solidaridad abriendo las puertas de par en par. Ésta es una postura especialmente hipócrita, que permite ir de alma bella, ser superior en un mundo corrupto, cuando se sabe que no se pueden abrir las fronteras sin provocar una revuelta en Europa.

Es una postura empática que, como criticaba Oscar Wilde en “El alma del hombre bajo el socialismo”, se aprovecha de que es más fácil suscitar emociones que inteligencia. Son remedios que no curan la enfermedad, sino que forman parte de ella.

Ante los refugiados, nuestro objetivo debe ser el que parece utópico, pero es el único posible: reconstruir la sociedad global para que no se vean obligados a huir.

2 – UN DESCENSO AL MAELSTROM

La crisis de los refugiados es una oportunidad para Europa de redefinirse en medio de los dos polos: el neoliberalismo anglosajón y el capitalismo autoritario de valores asiáticos.

Es una candidez denunciar el déficit democrático de Europa, cuando éste es una parte necesaria de la estructura global. Cuando Merkel dice que quiere centenares de miles de refugiados, no le ha prguntado a nadie; lo mismo respecto a los que quieren abrir sin más las fronteras: no hablan de consultárselo previamente a la población. Si se hubiera consultado sobre la actuación de la UE ante Grecia, el resultado habría sido aún más duro para ésta.

Europa está atrapada entre los extremos de EUNA y China, planteándose si se entrega a la modernización o intenta salvar lo más posible del Estado del Bienestar. Necesitamos un nuevo comienzo: ¿qué es Europa?, ¿qué significa para nosotros ser europeos?

Los acuerdos transatlánticos de comercio e inversión, con sus sistemas de arbitraje de diferencias entre inversores y Estados, entregan soberanía de los gobiernos democráticamente elegidos a las corporaciones transnacionales.

Europa se plantea la excepción cultural, salvar la producción artística de las condiciones del mercado global. Pero, ¿es realmente la cultura una superestructura aislable o es lo que más consumimos hoy en día?, ¿nos convertiríamos en un parque temático cultural para los turistas chinos y estadounidenses?

3 – ROMPER LOS TABÚES DE LA IZQUIERDA

Uno de los tabúes de la izquierda que deberíamos ser capaces de romper, para avanzar en la emancipación, es el de “un enemigo es alguien cuya historia no has escuchado”. Esto es muy peligroso: nuestra experiencia interior, la historia que nos contamos sobre nosotros mismos es básicamente mentira: lo que importa son los hechos, lo que hacemos. Queda muy bien que Shelley le de voz a Frankenstein en un capítulo para que se explique; ¿a Hitler también?

Otro tabú a romper es el que confunde el legado emancipador europeo con el imperialismo cultural y el racismo. Es curioso que, en nombre del anticolonialismo, critiquemos los valores culturales occidentales (igualitarismo, derechos fundamentales, Estado del Bienestar) justo cuando, en su globalización, el capital ya no los necesita, porque se acopla muy bien a una gran variedad de culturas; de hecho, le va especialmente bien con los “valores asiáticos autoritarios”, donde el capitalismo tiene un éxito exponencial.

Tercer tabú a abandonar: la idea de que defender y proteger nuestro modelo de vida es en sí protofascista o racista. Deberíamos esforzarnos en mostrar que es la dinámica del capitalismo global y las ‘soluciones’ que proponen los populistas antiinmigración, la verdadera amenaza para nuestro modo de vida.

Un cuarto tabú es la prohibición de cualquier crítica al islam, tachándola de islamofobia. Cuanta más tolerancia mostremos hacia algunas de sus instituciones culturales, más nos tratarán de hipócritas y de insuficientemente tolerantes. ¿Es que acaso el islam es una forma de resistencia al capitalismo global? Ésa es una idea absurda, convive muy bien con él (Emiratos, Arabia Saudí).

Y otro tabú más sutil: equiparar religión politizada y fanatismo. En realidad el islamismo no requiere la verdadera creencia, sino que se fija sólo en el comportamiento público. Encontramos rasgos similares en el sionismo, donde se usan con desparpajo citas bíblicas para justificar la ocupación de territorios, con todo cinismo, ya que quien lo hace no tiene por qué creer realmente que Dios les dio esas tierras. Progresivamente van entrando en los discursos oficiales esas obscenidades racistas. Al final, al menos hay la ventaja de que esos fanatismos religiosos de diversos credos no se toleran entre ellos como para formar un frente común.

4 – EL OBSCENO ENVÉS DE LAS RELIGIONES

Hay que extender el examen crítico del siniestro potencial del islam al judaísmo y al cristianismo.

Recordando un caso de abusos sexuales masivos a menores en el Reino Unido (Rotherham), tanto los investigadores como la izquierda bienpensante ocultaron o disimularon lo más posible que los delincuentes pertenecían a unas bandas musulmanas y las víctimas eran blancas cristianas. Fue un aparente antirracismo que en realidad hablaba de los musulmanes como menores de edad a quienes no fueran aplicables nuestros criterios morales.

Pero son crímenes que sí tienen que ver con la religión, como lo tiene la pedofilia generalizada en la Iglesia católica.

En la violencia sistemática contra las mujeres, la información transmitida y las reacciones no son igual de intensas cuando los victimarios son pobres (como en las violaciones frecuentes y masivas de la India) que cuando pueden no serlo (como los feminicidios en Ciudad Juárez, o en el territorio indio de Vancouiver).

Esos actos de violencia no son manifestaciones espontáneas salvajes y brutales, sino algo aprendido, ritualizado, parte de la sustancia simbólica de una comunidad. Por eso mismo los católicos tratan la pedofilia como un problema interno de la Iglesia. Forma parte del inconsciente institucional de la religión.

Pues así hay que ver también los crímenes de Rotherham: no como una violencia caótica, sino ritualizada, con contornos ideológicos precisos. Es legítimo hablar de la relación entre esos hechos y la religión y la cultura de los criminales.

5 – VIOLENCIA DIVINA

Además de las opciones políticas laica pragmática, fundamentalista religiosa y (aunque ausente) política emancipadora radical, existe el fenómeno de la ‘violencia divina’, según el nombre acuñado por Walter Benjamin.

El ejemplo son revueltas como las de Ferguson (agosto de 2014), desatadas por la muerte a manos de la policía –verdadera “fuerza de ocupación” en esos barrios- de un adolescente negro, o las de los suburbios franceses (en el otoño de 2005). Manifestaciones violentas aparentemente irracionales, sin exigencias programáticas concretas, salvo una vaga exigencia de justicia. Violencia divina: un caso de medios sin ningún fin.

(Notas filosóficas – Benjamin, Kant, Schmitt – sobre generalización y universalización).

Al contrario que en mayo de 1968, éstas no son revueltas con un aparato ideológico o utópico detrás. Hay un resentimiento y una voluntad de ser reconocidos. Esas revueltas sin programa son una muestra del universo que habitamos: hay libertad de elección, pero, sin embargo, las opciones a elegir son seguir las reglas o entregarse a una violencia autodestructiva (lo que se quemaba en los disturbios era de los vecinos del barrio).

Hay que superar la tentación hermenéutica, la búsqueda de un mensaje oculto en esas rebeliones. Es más bien lo que Lacan llama un ‘pasar a la acción’, que en realidad es frustrante. Los rebeldes carecen de un ‘mapa cognitivo’ (Fredric Jameson) donde localizar su experiencia dentro de un todo significativo.

La violencia divina es injusta, aterra, castiga a quien no corresponde, no hay nada noble en ella. Y tampoco hay nada emancipador en las experiencias extremas: no puede pretenderse que un judio superviviente de Auschwitz haya aprendido allí una perfección moral a aplicar luego a su convivencia con los palestinos.

6 – LA ECONOMÍA POLÍTICA DE LOS REFUGIADOS

Qué y quién causa estos movimientos de masas. Hay que estudiar la economía política de los refugiados.

El actual desorden es la faz del Nuevo Orden Mundial, la causa última es la dinámica del capitalismo global y el proceso de intervenciones militares.

Los países africanos no van a cambiar sus sociedades, porque nosotros se lo impedimos. Las situaciones en Libia, Irak, están provocadas por nuestras intervenciones militares. La guerra en la República Centroafricana se origina en las disputas de empresas francesas y chinas por el petróleo: luchan mediante etnias locales interpuestas. La crisis alimenticia global fue la consecuencia de la especulación financiera con los bienes alimenticios básicos, la destrucción de los sistemas agrícolas locales para integrarlos en el mercado de la economía global, generando monocultivos para la exportación, la expulsión del campo a los suburbios urbanos de masas de campesinos, la dependencia postcolonial de los precios, la incapacidad de alimentar a la población local.

Hacen falta formas de acción colectiva a gran escala: ni la intervención estatal ni las organizaciones autónomas locales pueden cambiar las cosas. Nos dirigimos a un mundo basado en el apartheid, con unas partes aisladas y envueltas en la abundancia separadas de un caótico exterior de guerra y hambre.

Países en guerra perpetua, como el Congo, lo están por su minería y los intereses de las multinacionales. Lo mismo los estados fallidos, a veces incluso tras intervenciones militares directas (Libia, Irak). No son situaciones fortuitas, sino la forma actual del colonialismo.

Los refugiados no van a aceptar las leyes auropeas, no van a estarnos agradecidos; están agotados, furiosos, humillados. La prensa los presenta como un azar que viene de un agujero negro tras una frontera. Pero no, vienen mediante una compleja trama de traficantes (que nuestros servicios de inteligencia no investigan lo suficiente). Vienen por la actuación de Turquía, por el cerrojazo de los países musulmanes ricos. Vienen a una nueva esclavitud que ya no necesariamente sucede en el exterior, sino oculta en nuestras ciudades.

7 – DE LAS GUERRAS CULTURALES A LA LUCHA DE CLASES… Y VICEVERSA

Los refugiados no sólo huyen de la guerra: tienen un sueño, un destino, una utopía. No quieren quedarse en el sur de Italia o Grecia, sino en Alemania, Noruega, Reino Unido. Quieren libertad de movimientos y que el país que elijan satisfaga sus necesidades. Esta “libertad” sería una revolución socioeconómica radical. Lo que el capital global requiere es la libre circulación de mercancías; respecto a la de las personas, su posición es contradictoria: quiere mano de obra barata y móvil, pero no puede reconocer los mismos derechos y libertades a todo el mundo.

La libertad de movimiento entendida radicalmente, ¿es un buen arranque en la lucha contra el capital? En realidad, los refugiados no necesariamente quieren integrarse, prescindir de su modo de vida.

En Estados Unidos, el auge del fundamentalismo cristiano es una brecha entre los intereses económicos de las clases sociales y las cuestiones morales. La oposición económica entre los granjeros y obreros de un lado, y los abogados, banqueros, empresarios de otro, se traslada y codifica como oposición entre los valores conservadores y los decadentes liberales que quieren un Estado que tenga la capacidad de inmiscuirse.

Las clases trabajadoras acaban así defendiendo menos impuestos, menos regulaciones, cuando unos y otras les protegen del capital. Las grandes empresas están encantadas con esa visión del Estado federal y de la ONU como potencias enemigas, invasoras, porque eso les da más manos libres. En realidad, no disminuye el poder del Estado, sólo lo desregula, lo descontrola. Tampoco puede el capital seguir al pie de la letra los postulados del conservadurismo populista, porque entraría en una depresión económica. Pero esa tensión que canaliza furia sin interferir en sus intereses económicos, les beneficia.

¿Es que las clases populares son estúpidas, están manipuladas? Eso no es una respuesta. Ha habido populismos parecidos con un carácter progresista (Kansas). Tampoco sirven las interpretaciones psicoanalíticas como las de Wilhelm Reich. Ni el punto de vista de Ernesto Laclau de que, no habiendo vínculo entre una posición de clase y una ideología, es absurdo hablar de “engaño” o “falsa consciencia”; esto no explica el enigma, sólo lo hace desaparecer.

Algunas observaciones: una guerra cultural también precisa dos bandos. Los liberales ilustrados también tienen la cultura en el centro de sus valores (incluso la religión, desde un punto de vista cultural, no creyente; Navidad… ).

Los liberales, solidarios con los pobres, codifican una guerra cultural contra ellos: intolerantes, fundamentalistas, sexistas, patriarcales.

En realidad, el conflicto no tiene dos bandos separados. Se entremezclan: conservadores contra la modernización global del capitalismo y otros que la apoyan. Pero esas contraposiciones son abstractas frente al antagonismo que el marxismo considera sobredeterminante: la lucha de clases. No como referente definitivo de todos los enfrentamientos, sino como principio estructurador explicativo.

En el mundo fundamentalista musulmán hay también una dinámica de clases. Los talibán comienzan su revuelta como una lucha contra los terratenientes.

Consecuencia política: tensión dialéctica entre la estrategia a largo plazo y las diversas tácticas a corto. La lucha radical emancipadora depende de las clases bajas, pero por qué no aliarse a corto plazo con liberales igualitaristas. La tarea es construir puentes entre nuestra clase trabajadora y la de los inmigrantes. Y hay que abandonar el tabú de que la intranquilidad ante su llegada es un prejuicio racista o fascista.

8 – ¿DE DÓNDE PROCEDE LA AMENAZA?

Escuchar las inquietudes de la gente corriente no significa dar por buena la premisa básica de su punto de vista: que la amenaza son los extranjeros.

Hay progresistas que se quejan de que algunos activistas palestinos denuncien los crímenes de religión contra las mujeres dentro de su pueblo, por ejemplo, como si éstos fueran un valor frente a los ocupantes israelíes. No es ésa la ayuda que precisan: hay que fomentar que se liberen ellos mismos.

El sistema de derechos humanos universales tiene dos mistificaciones en sus extremos: la imposición de valores occidentales que puede llevar incluida (por ejemplo, la prioridad del individuo sobre su comunidad) y el respeto a todas las culturas independientemente de los horrores que puedan albergar.

De esta última mistificación hay muchos ejemplos: la homofobia de muchos países está indicando que el movimiento gay se ve como una consecuencia del impacto de la globalización capitalista sobre sus culturas. Lo mismo respecto a la educación para las mujeres. ¿Por qué escoger el igualitarismo y las libertades personales como objeto de su enfrentamiento con Occidente? Sin duda influye que éste presenta la explotación y la dominación violentas como si fueran “libertad, igualdad y democracia”.

De hecho, podemos encontrar quien como Orban (jefe de gobierno en Hungría) hace tres años hablaba contra un estilo de democracia demasiado escandinavo, que podía no ser apropiado para los habitantes de Hungría, y ahora toma como enemigos a los refugiados que intentan pasar desde su frontera con Serbia.

El problema no es con los extranjeros, sino con la propia identidad europea. Ya cuando se votaba la Constitución Europea y Francia y Holanda dijeron NO (2005), los votantes estaban denunciando una UE tecnocrática, sin valores. Salvo Grecia y España, todas las últimas movilizaciones de masas son del populismo antiinmigración.

La idea de éstos de que cada grupo de extranjeros tiene una patria (“Nativia”) a la que deberían volver, esconde maniobras como la de la República Sudafricana en us últimos años, con los bantustanes: se les da a los negros una ‘patria’, unos territorios bantúes (convenientemente pobres), se les quita la nacionalidad sudafricana, y la mayor parte del territorio queda en manos de los blancos. Lo mismo puede suceder en Palestina.

9 – LOS LÍMITES DEL AMOR AL PRÓJIMO

Una mirada filosófica al concepto de prójimo: éste siempre es inquietante pero no por sus actos sino por la inpenetrabilidad del deseo que los sostiene. El prójimo, para Freud, es un intruso traumático y su excesiva cercanía nos provoca una reacción agresiva. Si la civilización europea funciona es gracias a algo que se suele criticar: una dosis importante de alienación de la vida social. Se convive con los otros, con ciertas reglas mecánicas, exteriores, pero sin hacerles mucho caso.

¿Cuál es el factor que provoca que distintas culturas o modos de vida sean incompatibles? Psicoanalíticamente, es un problema de jouissance: no porque el goce del otro nos sea incomprensible, sino porque cuestiona nuestra relación con nuestro propio goce. Surgen los celos, porque imaginamos el goce de los otros como un paraíso del que estamos excluidos. Hay construcciones fantásticas de ese tipo como las fantasías antisemitas sobre los judíos, o las de los fundamentalistas cristianos sobre la vida de gays y lesbianas. Puede observarse también en la película de John Ford “Centauros del desierto”, donde el personaje de John Wayne al final no mata a la chica blanca que ha convivido con los comanches, como está obligado a hacer; pero no por empatía con ella, sino porque tiene la epifanía de no comprenderse a sí mismo ni a la norma.

Para Freud y Lacan, la idea de amar al prójimo, la universalidad basada en el reconocimiento, fracasa porque el prójimo tiene una dimensión inhumana. ¿No cabe una dimensión humana universal? Sí, pero no basada en la empatía y la comprensión.

La universalidad es una universalidad de extraños, de individuos impenetrables incluso para sí mismos. Entonces, ¿empatía? Más bien la burla mutua por nuestras incomprensiones y más aún la burla hacia quienes quieren ‘ser como ellos’, comprenderlos. Su pobreza no es la ausencia de lo que tenemos nostros. No es cierto que el rico sea un pobre con posesiones. Todos tenemos una posición de clase y no hay un grado cero de humanidad en que todos seamos iguales.

En “Los viajes de Sullivan”, de Preston Sturges, cuando S. llega al borde del abismo de la pobreza (del que sale en cuanto es reconocido) se está transformando en otro; lo que le pasa es sistemático, no azaroso.

No podemos fundamentar nuestra humanidad en que el de al lado, en el fondo, no es un mal bicho, ya que sí puede serlo; no se trata de conocerles, de empatizar, sino de nuestro deber ético, nuestra decencia. Si nos basamos en nuestra generosidad, ¿no estaremos olvidando lo que es necesario hacer?

10 – LOS ODIOSOS MIL EN COLONIA

Como ya dijimos, el sufrimiento no es una redención. Ser un refugiado, una víctima, no da una altura moral. Veamos el incidente de Colonia (Nochevieja de 2015, cuando masas de hombres, al parecer muchos de ellos refugiados, asustaron, robaron, agredieron y violaron a mujeres alemanas).

Alain Badiou distingue en el capitalismo global tres tipos de sujetos: el liberal-democrático de clase media civilizada occidental, los que fuera de Occidente están poseídos del deseo de éste e imitan su vida civilizada, y los nihilistas fascistas cuya envidia de Occidente se convierte en un odio mortal y autodestructivo. Lo de estos últimos, no es una radicalización, sino una fascistización. Esto se discute (Jean-Claude Milner: la religión no tiene que ver con el fascismo), pero Badiou afirma que la religión no es algo fundamental en el ISIS: es un modo de expresión de envidia y odio de clase.

El ‘deseo de Occidente’ no es nada revolucionario, que se oponga al capitalismo global; no hay una concepción seria de una sociedad alternativa. En algunos, cuando ese deseo no puede ser satisfecho se produce lo que el psicoanálisis considera inversión nihilista, autodestructiva.

Jean-Jacques Rousseau distinguía entre el egotismo (amour-de-soi) que se complace en aquello que nos gusta y nos hace bien, y el amour-propre cuyo objetivo no es alcanzar una meta, sino destruir el obstáculo que lo impide y que se basa en la envidia y aspira al mal ajeno. Psicoanalíticamente: una permuta que genera el desplazamiento de la inversión libidinal del objeto al obstáculo mismo.

Para jóvenes occidentales frustrados (fundamentalistas católicos –como el del atentado de Oklahoma- o musulmanes), es una manera de dar salida a su frustración y su odio. No todo el terrorismo es así, claro. Hay papeles del ISIS que muestran la opción estratégica de provocar islamofobia, para que los musulmanes occidentales moderados se radicalicen y llegar a la guerra civil. Objetivo en el que coinciden con los racistas antiinmigración.

También hay que situar esa violencia fundamentalista fascista en el conexto de las violencias del capitalismo global (intervenciones militares).

Aún de acuerdo globalmente con Badiou, tengo tres objeciones. En primer lugar, ¿la religión es sólo un ropaje externo del problema? Cierto pero, ¿acaso eso no pasa siempre?, y sin embargo es la manera como los sujetos viven la situación; las ideologías son historias inventadas por los sujetos para engañarse a sí mismos. En segundo lugar, Badiou considera a refugiados e inmigrantes como un proletariado, una vanguardia, pero en realidad son personas poseídas del ‘deseo de Occidente’. Y en tercer lugar, afirma que debajo de su odio puede haber una profunda solidaridad global; claro que hay distintas maneras de actuar de los inmigrantes-refugiados, pero entre ellos hay bárbaros poseídos por el odio, y deberíamos reconocerlo.

La reacción agresiva y descontrolada es un suceso con continua presencia histórica, y así se podrían leer los sucesos de Colonia: como el Carnaval que rompe las reglas y destruye, como la “Gran matanza de gatos”, París 1730, que era a la postre una venganza proletaria contra el patrón.

No tiene sentido minimizar los hechos de Colonia o negar su carácter. Igualmente absurdo es ‘enseñar’ a esos inmigrantes cómo queremos que se comporten. Ya lo saben, por eso precisamente rompen esas reglas. No hay nada redentor ni emancipador.

A veces se dice que la defensa de los derechos de la mujer y la lucha contra el racismo deberían ir de la mano. Pero también al revés. Impedirles agredir a las mujeres es ayudarles en sus derechos. No basta darles voz, hay que educarles en la libertad.

11 – QUÉ HACER

En primer lugar, hay que introducir control. Tal movimiento de masas precisa provisiones y asistencia médica para empezar. Campos de recepción cerca del epicentro de la crisis, inscripción, examen. Debería usarse al ejército; si esto parece que es crear un estado de emergencia, basta pensar si no lo es también toda esa gente atravesando pueblos y ciudades.

En segundo lugar, criterios claros y explícitos sobre a quiénes se va a aceptar, a cuántos y dónde, sin reconocer de forma automática un derecho absoluto a la libertad de movimientos.

En tercer lugar, una serie mínima de normas obligatorias para todos, incluso si resultan eurocéntricas. No se puede admitir que a unos musulmanes les resulte insoportable nuestra forma de vida (por ejemplo, gays visibles en las calles). Normas claras y bien comunicadas y, si eso no funciona, se aplica la fuerza. La moralina es el reverso de la brutalidad antiinmigración: ambas niegan que pueda existir el universalismo ético.

No se trata de cuánta tolerancia podemos permitirnos hacia su cultura. Se trata de que ellos tabién participen de la Leitkultur, la cultura dominante, ya que nuestros problemas son comunes. La lucha contra el neocolonialismo occidental es la misma que la lucha contra el racismo, el fundamentalismo religioso, etc.

Las olas migratorias siempre han existido. Las actuales tienen como causa la economía global. Pero también habrá olas por motivos ecológicos como el cambio climático. Hay que asumir una vida más nómada y plástica.

Debemos comprometernos en que haya medios que aseguren la supervivencia digna de los refugiados, pero también emprender un cambio económico radical que acabe con las condiciones que las crean.

¿Podemos aceptar el capitalismo global como un hecho natural imbatible? Más bien, darnos cuenta de sus antegonismos, contradicciones:  la inminente amenaza de catástrofe ecológica, el fracaso del régimen de propiedad privada para regular la propiedad intelectual y las implicaciones socioéticas de los avances tecnocientíficos (especialmente en biogenética). Estas tres primeras contradicciones son lo que Michael Hardt y Toni Negri llaman el bien común, de la cultura, de la naturaleza exterior y de la naturaleza interior. La defensa de estos dominios comunes justifica la resurrección del comunismo, aunque también podría dar lugar a un régimen autoritario-comunitarista.

Pero hay un cuarto antagonismo / contradicción en el capitalismo global: el apartheid, la necesidad de separación de Excluidos e Incluidos. Éste es el fundamental, el que tiene una verdadera carga subversiva. Los tres primeros hablan de supervivencia, el cuarto de justicia.

¿Quién debe ponerse a la tarea? Basta de esperar al Gran Otro, menos aún de esperar que la llegada masiva de inmigrantes sea el sujeto revolucionario. El marxismo clásico confiaba en la historia, que empujaba en una dirección. Pero hoy sabemos que la historia lleva a la catástrofe. Hace falta nuestra voluntad para cambiar las cosas, pero hay que asumir que no hay una bonita y clara alternativa esperándonos.

Ante este bloqueo se han encontrado las propuestas gubernamentales de oposición al sistema global en Bolivia, Haití, Nepal o Grecia. La falta de una salida obvia es también una oportunidad, una gran circunstancia de libertad.

No hay que ‘comprender mejor’ a los terroristas porque sus actos sean reacciones a las intervenciones brutales europeas. Hay que caracterizarlos como el reverso islamo-fascista de los racistas antiinmigración.

Hay que recuperar la lucha de clases e insistir en la solidaridad global con explotados y oprimidos.

 

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